Escribir

Mi música en los auriculares a tope; mi Word en blanco, esperándome como un amante, abierto de par en par, dispuesto a dar, pero sobre todo, a recibir; mis sentimientos a flor de piel accionando atropelladamente las teclas del ordenador. Y empiezan a surgir personajes, situaciones, historias, emociones, lugares y tiempos que sólo existen en mí. Sólo existirán si alguien las lee, sólo pasaran a formar parte de la realidad individual de quien las lea. La lectura es el camino, la escritura es la creación. No hay nada mejor.

"Deborah's Theme" Ennio Morricone

miércoles 11 de noviembre de 2009

Tus mil nombres


Ni siquiera tu verdadero nombre. No quiero saberlo. Prefiero improvisarlo cada vez que mi piel te invoque. Conocer de ti lo que me hace vibrar es lo único que necesito saber.

Revivir la imagen de tu cuerpo desnudo exigiéndome los gemidos de pasión que pago gustosa sabiendo que tus manos van a encontrarme en cada poro, en cada curva y pliegue. Estallar una y mil veces en ti, por ti, para ti, contigo.
Recordar el color de tus ojos que son mi cielo cuando me cubres; tu voz que electriza el vello de mi cuello; tu lengua exquisita que se lleva lo mejor de mí; tus pies que no se extravían en el camino del deseo.

Imaginar tus nombres en las noches solitarias, cuando los libros ya no acompañan y la almohada cambia de textura con tu aliento mágico, cuando desde la distancia de las nubes me posees.

Te contaré los dientes, las pestañas y los cabellos, esos serán los únicos números que guardaré de ti, los únicos datos que apuntaré en mi agenda al lado de la dirección de tu nuca. Tanto da que seas poeta o barrendero, militar o mecánico, eres un hombre.
Nada más quiero saber de ti.

Y al irte, no hagas ruido ni cierres la ventana, deja que, en la duermevela, la brisa me obligue a encontrar tu calor impregnado aún en las sábanas de mi lecho.
© Anabel

domingo 25 de octubre de 2009

Tres de tres


Gracias a todos los que acudieron y nos demostraron su calor.

domingo 11 de octubre de 2009

No hay otra como ella


De espaldas, la larga melena pelirroja ondula sobre el mar de la espalda, roza su espléndido culo y me hace cosquillas en todos los poros de la dermis. Ella sabe cómo me gusta ese movimiento, esa brisa que me aleja de los malos rollos de la jornada, que me trae a nuestra habitación, paraíso en el que quiero vivir y morir. Conoce qué me gusta, son ya muchos momentos de leernos la piel, de compartir sábanas, de sabernos saborear con ansia y hasta el final. Domina su cuerpo para dominar el mío y mis sensaciones, para trabajarlas hasta llevarlas donde nunca han estado con ninguna otra mujer. Su saliva es una pócima resucitadora, sus dedos bisturíes que abren mis carnes, su boca la ventosa que absorbe mis emociones, su lengua el único trozo de carne cruda que me comería. Ella se relame de gusto al verse erigida al primer puesto de entre todas las mujeres y usa y abusa de su poder, sin límites ni restricciones, en sus manos soy suyo, nadie osará jamás obligarme a abandonar tal servilismo. Nadie, puedo jurarlo sobre lo más sagrado o sobre lo más abominable, me da igual, con ella el resto da igual. Nuestro universo es el único existente, la única realidad verdadera, la penumbra que alumbra el resto de mi vida.

Me deja entrar, que me siente en el sillón granate, mientras ella pasea por la habitación, de un lado para otro, mirándome de reojo, para asegurarse que la estoy observando; se va quitando la ropa pieza por pieza, sin prisa, la noche es infinita; el sonido de la ropa cayendo sobre el suelo se mezcla con el tintineo de los hielos del güisqui que crepitan por el calor. Se para frente a la chimenea, encendida con leños de pasión, de espaldas a mí, como si le diera vergüenza mostrarme lo que me sé de memoria. Sobre los tacones se balancea, erguida, podría dibujar cada uno de los músculos que adornan la espalda; la melena juguetona se enreda entre sus dedos, se recoge y se suelta en nudos mentirosos. El hielo se ha derretido completamente y no me apetece beber lo que contiene el baso. Ella ya lo ha adivinado y se dirige hacia mí dispuesta a desnudarme, descuidando algún arañazo en mi pecho, regalándome algún beso en el cuello, alguna caricia perversa. La acojo en mis brazos y a volandas la acuesto en la cama. Al tiempo que me termino de desnudar, ella va tocándose los pechos, la cintura, el pubis, abre y cierra las piernas y recita mi nombre como si fuera el Cantar de los Cantares. Soy el hombre más afortunado del mundo, el más poderoso, el rey que mejor reina posee, porque es mía, mía por la noche infinita. Ningún perfume que no sea el que expelen sus pechos, ninguna suavidad que no sea la de su vientre, ningún cobijo que no sea su vagina, ningún pastel que no sea su boca, ninguna música que no sea su respiración entrecortada.

Los rayos de sol resbalan por su cadera que rompe decidida la luz matutina. Me visto sin dejar de mirarla, de olerla a cada vuelta que da sobre la cama. No puedo resistirme a besarle la espalda antes de irme y dejar sobre la mesilla el sobre que abulta el doble de lo que ella pide. Acaricio su pelo y me llevo la mano a la nariz. Porque no hay otra como ella.
© Anabel

miércoles 16 de septiembre de 2009

Año Infinito

Hacer el amor todo el invierno
hasta provocar los estallidos
de escarcha azucarada en tu boca
y de una ecléctica primavera.

Convertir el ardiente verano
en hielo de café y paños húmedos
masajes con chocolate azul
y velas de licor de manzana.

Alcanzar un otoño preñado
de la niebla densa de tu vientre
desde el aletargado deseo
de que este año no se acabe nunca.

© Anabel

jueves 3 de septiembre de 2009

Mares

Para Mar, con todo mi cariño por su estupendo regalo.
Una y otra vez volvía a pasar el bolígrafo entre los enredados rizos de la sirena o por la espuma de verde mar o por las caracolas o por los pezones orgullosos o por el iris de sus ojos retadores. Durero, Rembrandt, Picasso, Bacon… cuántos se habían autorretratado. Unos lo hacían con ánimo de publicidad, como experimento para ver el paso del tiempo sobre el propio rostro, como ejercicio de vanidad, como muestra de maestría… Pero ella no lo hacía por ninguna de esas razones. Es que se sentía viva; su dibujo era la muestra patente de que respiraba a pesar del agua salada y de las mareas frías; la evidencia palpable de que había sobrevivido a maremotos y temporales, sólo ayudada por su cola de sirena y sus lápices de colores. Se sentía vencedora, resucitada de un mundo gris y fétido, aliviada por sentir de nuevo aire en sus agallas, agallas casi atrofiadas que habían vuelto al resplandor de días mejores. Erguida sobre sus pechos, soberbia después de vencer tan ardua batalla, poderosa tras haber filtrado tanto dolor, sabe que todo lo que vendrá sólo puede ser mejor. Es el convencimiento de quien ha tocado fondo.

Sola ha salido a pasear por las calles bulliciosas que tanto la han acompañado en su destierro interior. Qué mejor que la gente, que el sol, que una cerveza bien fría para encontrarse en el Paraíso sin formar parte de él. Es fantástico recordar que se siente cuando el miedo no te pisa los talones. Y ella no lo sabe, al menos inmediatamente, pero en ese momento su aura despierta tal magnetismo que todo el mundo que pasa a su lado la ha de mirar por fuerza, ha de asombrarse de cómo cruza sus piernas sentada en la terraza, de cómo dibuja sobre un papel cualquiera, de cómo se lame la espuma que la cerveza ha regalado a sus labios. Nadie sabe quién es, pero todos la reconocen. Todos excepto uno, que sabe quién es y siempre la ha conocido.
-¡Marina! ¿Eres tú?
Marina levanta su mirada del papel, pone su mano derecha sobre la frente para intentar que la luz del Sol no deslumbre la figura de aquella persona de la que su voz le resulta familiar. Él se sienta en frente de ella para que pueda verle.
-¿César? ¡César! Madre mía, cuánto tiempo.
Se besaron en las mejillas. De una forma natural, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde la última y lejana vez en la que se vieron, empezaron a esbozar acontecimientos y sucesos despojados de toda emoción, como si hubieran carecido de relevancia. Es curioso cómo se puede relatar con tanta frialdad, casi indiferencia, hechos que fueron fundamentales, muy dolorosos y complicados a una persona a la que hace años que no se ve. Fue tan sencillo. Pasaron dos cervezas y una tímida insinuación de César para cenar el viernes. Marina se sorprendió a ella misma mostrando tan buen grado al aceptar la invitación.

César nunca había olvidado los besos de Marina ni los escalofríos de adolescente cuando le acariciaba el pubis; siempre la había mantenido en un lugar preferente, era su recuerdo favorito en las noches de soledad y en los momentos en los que evitaba hacer examen de conciencia. Toparse con ella después de tantos años, cuando la había convertido en un ideal imposible, sólo podía significar una nueva oportunidad, una nueva mano que el destino le procuraba y, esta vez, plagada de ases. Y no iba a perder. Este intervalo de tiempo había sido necesario, estaba seguro de ello, para hacer acopio de experiencias, de sensaciones, de modos y maneras con el único fin de poder mostrarle a Marina todo lo que había atesorado para ella. Entre esos tesoros se encontraba la paciencia. Sabía que debía ir poco a poco, despacio y suavemente, no porque ella lo necesitara o porque fuera la mejor manera de entrarle, sino porque él había aprendido a disfrutar de la lentitud de un comienzo, de la tarea de hilar antes de echar la primera puntada, porque ésta tenía que ser precisa y delicada.

Princesa de un nuevo mar, Sirena dispuesta a bucear en mares más profundos. Segura. Estar cerca de César le hacía amar la batalla que había vencido, ver el pasado como el escalón necesario hacia una orilla verdadera. Se tumbó en la arena, desprotegida, libre, dispuesta a entregarse a una luz que alguna vez había sentido, pero que ésta, la luz de César, iba a ser la que realmente llenara su corazón y la convirtiera en la mujer que ella siempre había sido.
© Anabel

viernes 21 de agosto de 2009

Insoportable


Me levanto por las mañanas con dolor de cabeza y un hilillo húmedo resbalándose entre mis pechos. El alivio de la ducha sólo dura leves instantes, iniciar cualquier movimiento, incluido el acto de ponerse el albornoz, obliga a la piel a brotar gotitas que ya no pertenecen a las tuberías. Dan ganas de quedarse bajo el chorro fresco y monótono, inacabable, todo el santo día; olvidarse de vestirse para ir a comprar el necesario alimento, renegar del sueldo y abandonar el trabajo tumbada en el sofá bajo el caprichoso abanico del ventilador que nunca va lo suficientemente deprisa. Y dejar que pase este verano pegajoso y egoísta, que transcurran las semanas sin más compañía que la de un té helado y la brisa suave atrapada bajo el engaño de un trabajado juego de ventanas abiertas. La desidia pesa como una losa de mármol caliente, mis dedos agotados como si hubiesen mecanografiado cien veces la Biblia me responden lentos, equivocando las teclas, olvidando la ortografía, impidiendo que mis ideas surjan limpias y claras. Porque mi cabeza hierve y las neuronas se consumen en un vapor fatuo que vuelve a transformarse en sudor pringoso que empapa mis muslos y los adhiere a la butaca que ha olvidado sus deberes de cómoda anfitriona.

Sólo la noche, la que vas más allá de la una de la madrugada, me devuelve cierto sosiego, cierta reconciliación con el cuerpo que ha colgado por unas horas la pátina brillante y encuentra calma sobre la sábana abandonándose por completo al roce del algodón y a la caricia de la atmósfera nocturna. Entonces, un punto de calor empieza a pellizcar mi vientre, a cabalgar hasta mi pubis, agitando mi latido. No sé si primero es el aroma de un recuerdo evocado por el placer de verme liberada de la opresión estival o el resurgir de la brasa íntima, mal sofocada, me ha devuelto tu imagen. No lo sé, no lo sé, pero el fuego se expande y devora todo atisbo de sensación a hierba recién cortada.

Este verano está siendo insoportable.
© Anabel

viernes 14 de agosto de 2009

Todo es mentira


El reflejo de los cristales del monstruo que han construido delante me devuelve la imagen de una casa de la que, alguna vez, conocí su interior. Parecen las mismas paredes, los mismos muebles y el mismo polvo. Intento recobrar un pasado mejor olfateando algún rastro que pudiste olvidar en el rincón más insospechado. No sé si soy perra vieja o es que nunca estuviste aquí. Ya no puedo ni creerme la foto de la mesilla donde abrazados disfrutábamos de aquella magnífica vista.

No hay paisaje. No hay olor. No estás tú. Todo es mentira.



© Anabel

miércoles 29 de julio de 2009

Demasiado


Beautiful Rafaela, Tamara Lempicka (1927)
Me hubiera gustado ser colibrí
que revolotea grácil
y se posa en tu rama
haciéndola florecer.

O leve pluma bailarina
maestra en brisas de menta
que te hicieran olvidar la Madonna
de aquella Navidad solitaria.

O cuerpo menudo,
contorsionista circense
con la que cualquier postura
es posible sobre la hoja de un libro.

En cambio, soy guerrera azabache
dispuesta a luchar en un campo de batalla
sembrado de agujeros sin eco,
sin humo y con sangre.

Femineidad contundente,
voluptuosas esferas
que se mueven en desorden
exigiendo su espacio
reivindicando su gravedad.

Demasiado peso
para la travesía de este desierto.

Lo sé.
© Anabel